En cada “cama de prensa» cabían 64 páginas

Tiempo para pensar

A la velocidad con la que ahora producimos y compartimos, al ansia por la última tecnología y por adelantarnos a la noticia, el relato visual de cómo se hacían los libros hace no tanto inspira, sobre todo, ternura. Una ternura casi prehistórica viendo esa “cama” en la que el operario coloca cuidadosamente las 64 páginas. Y, sin embargo, fue ayer…

De entrada aclarar que el 1974 que figura en el título del vídeo que va al final del post es, obviamente, un baile de números, algo que se aclara de forma indiscutible en los títulos de crédito en los que figura el copyrigt de 1947.

Enlazando problemas actuales con lecturas recientes, no puedo dejar de pensar en una espiral interminable que sigue olvidando lo importante en el centro. Las leyes de hace tres siglos se suman a problemas mucho más antiguos y, lo peor, es que ya ni sabemos cómo disfrutar trabajando.

Entre mis herramientas y conjuros para este año incluí la luz, el orden como ventaja competitiva junto al concepto de utilidad. Se trata «simplemente» de avanzar porque la respuesta nunca será la verdad.

De la rivalidad a la innovación

Casi a la sombra, ignorada con saña, la historia de la biblioteca de Pérgamo es, a pesar de su misteriosa desaparición, un hito tan fascinante como la biblioteca de Alejandría, de la que fue rival. La fundó el rey Eumenes en el siglo II a. C. con la intención de desafiar a los monarcas de Alejandría y, a lo largo de los años, llegó a reunir 200.000 o 300.000 volúmenes copiados en pergamino, un material más flexible, menos perecedero.

El uso del pergamino se debió a la negativa de Ptolomeo V de exportar más papiro con el fin de aniquilar la fuente de trabajo de los bibliotecarios de Pérgamo. Entonces, “[…] los libros de ovejo fueron inventados en Pérgamo; y de ahí que el uso de este material se volviese común, tanto que vino a ser el instrumento de inmortalidad del hombre […]”

Pero la innovación tecnológica necesita contexto

Entre los siglos II y III se impuso un nuevo formato para los libros, el códice, que aportaba numerosas ventajas: permitía escribir por las dos caras y su material, el pergamino, resultó más resistente que el papiro a los embates del uso del tiempo. Pero fue en el siglo IX, en el momento estelar de la civilización bizantina, cuando comenzó a incrementarse el número de copias de libros.

La necesidad de agilizar, la prescripción y la confianza

Una de las causas de la desaparición, sobre todo de las obras más vastas, fue la práctica de epitomizar, muy en boga desde el siglo III d.C., precursora de nuestras ediciones abreviadas y books digest. No todos los lectores tenían paciencia y tiempo para estudiar los 142 libros de la Historia Romana de Livio. Por eso hicieron pronto extractos que se difundieron en el comercio librero. Pero en los siglos III y IV estos extractos se reducen todavía más para convertirse en compendios mezquinos.

Sin embargo, los epítomes se hicieron imprescindibles porque aludían a libros ya existentes. ¿No se intuía ya el éxito de los agregadores?

La lengua como dominio

La imposición del latín fue lenta, pero definitiva. Pero el olvido de un idioma implicaba también el de sus textos.

En el paso de los papiros a los códices se impuso el criterio de seleccionar libros útiles, famosos y, en la medida justa del control, ortodoxos. Es difícil imaginar el conocimiento perdido o paralizado en esta aplicación de criterios, ortodoxias y destrucciones planificadas.

El poder del relato

Herederos de los druidas, los poetas irlandeses no podían llamarse a sí mismos poetas o filidh si no alcanzaban primero la condición de maestros o, como llamaban a estos, ollam. Cursaban doce años de estudio y pasaban de grado. El grado más bajo, el de ollam, permitía conocer trescientas setenta historias y suponía, además, el conocimiento de la gramática, la mitología, la topografía y las leyes. Los exámenes eran anuales y el aspirante debía permanecer en una celda húmeda y oscura mientras lograba versificar sobre lo aprendido de tal modo que su obra, siendo igual a lo mejor de la tradición, diese lugar a una tradición superior. Estos poetas, subestimados por su erudición y pesadez, fueron narradores de historias con espontáneas y maravillosas concepciones del mundo.

La Historia de Tuan Mac Cairill narra cómo un hombre se transforma, sucesivamente, en ciervo, jabalí, águila y finalmente en salmón, etapa en la que es capturado por un hombre y devorado por una mujer. En el vientre de esa mujer se transforma en hombre, nace como profeta y escribe el poema hoy admirado.

Los monjes preparaban el libro en formato códice cortando el cuero seco de carnero. Lo doblaban y cosían hasta conformar un volumen y luego iniciaban la transcripción y decoración de los textos.

De palimpsestos y otras paradojas

Durante 200 años (del 550 al 750) Europa vivió una de sus épocas más oscuras. Los libros clásicos no sólo no eran copiados sino que se borraban para ser utilizados en la copia de textos más leídos y mejor pagados. Así nacieron los palimpsestos. Entre los sacrificios quedaron obras de Plauto, Cicerón, Tito Livio, Plinio el Viejo, Virgilio, Lucano, Juvenal… y tantos otros, para dar a conocer sermones y tratados teológicos. Pero, a pesar de todo, el conocimiento avanza y algunos de los textos eliminados se han podido recuperar por métodos químicos.

Herejías y censura

Una crónica de Gabriel Peignot (fechada el 16 de agosto de 1463), nos cuenta la quema de un ejemplar de magia que, tras su revisión por las mentes ortodoxas, fue condenado al fuego:

Hacia el 23 de mayo de 1743 se levantó un cadalso frente a las puertas de la iglesia de Santa María en Alcalá de Henares. Inmediatamente comenzó la ceremonia de cremación de un ejemplar de la obra De confessione, de Pedro Martínez de Osma, catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca. El libro fue paseado por las calles, escupido, y luego se quemó, no sin que esta acción fuese precedida por una bula de excomunión.

Por cierto, entre las bulas de excomunión algunas tan curiosas como la de Pío V en 1567, De salutis gregi Dominici, por la que se condenan oficialmente las corridas de toros, bajo pena de excomunión a perpetuidad a sus participantes.

Leí ayer una frase de las que anoto: «Si priorizas lo que crees que vas a perder frente a lo que puedes cambiar, la sentencia es segura». No dejo de preguntarme por qué vamos dejando que se nos pierda el tiempo para pensar.

Publicación original: enPalabras

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About Isabel Iglesias

Socia-directora en I.G. Documenntación y productora de Máscaras. Consultora especializada en el análisis estratégico, diseño y dinamización de proyectos. Investigadora de nuevas realidades, alérgica a los tópicos, bloguera...

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