La mirada del monstruo que todos llevamos dentro

Tod Browning dirigió en 1931 la primera adaptación clásica de Drácula (conocida popularmente por ser la de Bela Lugosi). La película, que arrastró polémica por impactante y que tuvo sus más y sus menos en el estudio, fue un taquillazo e inauguró toda la serie de monstruos de la Universal.

Browning formaba parte de los directores con los que había nacido la industria. Del mundo circense aterrizó en un mundo que estaba creando sus propias reglas y claves (técnica y caligráficamente), y durante la etapa muda estuvo detrás de decenas de piezas.

Drácula fue, además, su exitoso paso al sonoro, algo que por aquel entonces llegó a suponer un trauma tanto para directores como para actores, que tenían que vérselas con una nueva forma de contar las historias. Pero él abría la decada de los 30 superando ese trance, y todo parecía indicar que el futuro solo podía ser prometedor. En condicional.

Tras un melodrama, Browning decidió realizar Freaks, una de las películas más desafortunadas de la Historia, si no la que más. ¿Por mala? Oh, no…

Freaks cuenta la historia de Hans, el propietario de un circo que inicia una relación amorosa con una trapecista. La mujer en realidad se guiaba por puro interés, hasta el punto de que, al descubrirse que lo traicionaba y lo engañaba, el protagonista y el resto de trabajadores planean contra ella una cruel venganza. El matiz de la película, que argumentalmente es sencilla, radica en que el protagonista era un enano, y que la inmensa mayoría del elenco estaba formado por personas con algún tipo de discapacidad (con casos tan impresionantes como el del Principe Randian).

Realmente la historia de Freaks no es la de una película de “terror”. De hecho no es esencialmente una historia perteneciente al género, pero la desaprobación popular fue la que provoco su inmediata postergación y, de rebote, el inicio del fin de la carrera del director, a quien se acusó de haber realizado un ejercicio de vileza mostrando una aterradora realidad, aunque detrás de todo se encontraba el interés de Harry Earles, el enano que encarno a Hans, el protagonista de la historia, que convenció al bueno de Tod para dar relevancia en una película a un grupo de “fenómenos” adaptando el relato que él mismo escribiera bajo pseudónimo años atrás.

En 2003 la HBO estrenaba Carnivàle, una serie fantástica (que lamentablemente no sobrevivió a su segunda temporada) ambientada también en un “circo de fenómenos”. No era casual: en el imaginario popular este tipo de carracas perviven como una cruel mirada a los desvíos de nuestra especie. Algo impensable en nuestros días, pues muchos de los problemas tendrían algún tipo de tratamiento o soporte, pero que entonces tenia una finalidad paralela: servir de refugio a todas aquellas personas que por haber nacido diferentes eran expulsadas de sus entornos sociales (y familiares).

Como película de culto (esas que prácticamente nadie ha visto) Freaks funcionaba estupendamente. Con el visionado perdía cualquier valor terrorífico y pasaba a ser lo que es: un reflejo camuflado en una historia de venganzas para dar presencia ante la cámara a personas que se procuraba que fueran invisibles en el día a día. Casi como hoy, pero en los años 30: entonces los circos de este tipo pasaban por ser reductos de libertad en los que podían convivir formando familias de diversidad extrema. Sí, en sus shows tenían que vender su integridad ante un público que quería aterrarse por su sola existencia, pero finalizada la función tenían una posibilidad para vivir sus vidas, para conseguir una cierta autonomía.

Es probable que la intención de Harry Earles pasara por dar esta visibilidad al mundo de la discapacidad, y el cariño con que Browning realiza la película (eliminando en buena medida elementos de trama para detenerse en los personajes) invita a pensar que perseguía ese mismo objetivo, pero el resultado final fue justo el inverso. No solo significó el principio del fin de su director, sino que en la sociedad norteamericana de la época propició un debate que llevó finalmente a prohibir este tipo de espectáculos que, no obstante, seguirían existiendo en la ilegalidad, donde ya no se podía pretender respeto alguno.

Durante las décadas siguientes, y mientras la lucha por la aceptación y por las libertades (en general y en particular) no cogió fuerza hasta llegados los 70, todas estas personas caracterizadas por algún tipo de diversidad pasaron a ser de nuevo víctimas del escarnio y la persecución social: perdieron su capacidad de autogestión, y con ello de vivir en algo siquiera similar a un estado de libertad. Para colmo la fama de la película traspasó fronteras, y el efecto se vivió en todo el mundo: en el Reino Unido estuvo prohibida hasta que llegó a estrenarse en 1967 con una X.

Publicación original: enimaXes

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About Iago González

Director de Máscaras y responsable del departamento audiovisual de I.G.. Especialista en contar las realidades que son, y las que pueden ser, desde enimaXes.

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