¿Te acuerdas de…?

Caer bien a la gente

La realidad nunca puede ser objetiva porque no es fácil enfocar sensaciones y sentimientos. Por eso cuando el “¿te acuerdas de”? se desliza en una conversación, debería activarse un mecanismo de respuesta automática para iniciar retirada.

Algo similar al “tenemos que quedar” en el que nos escudamos ante la propuesta de visionado fotográfico de vacaciones ajenas: idílicos paisajes, y momentos “únicos”, que solo permanecen en el recuerdo de quien los vivió.

Esa mirada personal, que es la base sobre la que edificamos la propia experiencia, tiende a convertirse en la interpretación de una realidad más amplia en la que necesitamos ubicarnos para representar nuestro papel porque

vivir es conocer, hacer, convivir y ser, por eso quizá sería bueno preguntarnos si nuestros procesos de aprendizaje son capaces de integrar estas cuatro dimensiones de la vida.

Teniendo en cuenta que tendemos a hablar de lo excepcional, de lo que nos preocupa o de lo que no entendemos, podríamos tomar el exceso de discurso en algunos ámbitos como indicador de donde debemos concentrar los esfuerzos para simplificar. Me sigo quedando con el ejemplo de las palomas supersticiosas, petirrojos individualistas y herrerillos innovadores.

Los comportamientos sociales son un reflejo de esa amalgama de percepciones personales entre las que nos debatimos, por eso el «¿te acuerdas de?» no es sino un síntoma de la necesidad de contextualizarnos para entender-nos o, incluso, para justificar-nos. Y todo es tan «sencillo» a veces como querer caer bien a la gente. Pero, ¿quién es la gente?

Empire Falls es una de las muchas poblaciones que, tras conocer tiempos mejores, quedó atascada en la cocción a fuego lento de su propia mediocridad, atrapada entre los prejuicios y la carencia de liderazgos. O eso parece reflejarse en el excelente diálogo que reproduce el vídeo que va a continuación (3:59 m.).

Atrapados en el viejo dilema entre auctoritas y potestas, en algún momento tendremos que pararnos a examinar un problema que apunta más a los seguidores que a los líderes. Que lo que pone de manifiesto es la descoordinación, el no asumir la responsabilidad propia y la falta de ideas potentes.

Lo curioso es cómo estos mundos individuales se unen en actitudes grupales mediante códigos implícitos: «A la gente les gusta mi actitud pero la tuya… de eso no puede salir nada bueno».

Publicación original: enPalabras

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About Isabel Iglesias

Socia-directora en I.G. Documenntación y productora de Máscaras. Consultora especializada en el análisis estratégico, diseño y dinamización de proyectos. Investigadora de nuevas realidades, alérgica a los tópicos, bloguera...

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