Cómos y porqués (III): el ritmo del tiempo

A Fernando le estorban los años. Le molesta esa mano que de vez en cuando deja de responder como debe, pero aún más le molesta haber olvidado qué es lo que había hecho allá por el año 53. No es un problema de memoria, sino de vivencias, y ante el objetivo marcado de hacer algo concreto le incordia que todo se agolpe, incluidos los recuerdos.

La idea de reparar el viejo semáforo surgió hace un tiempo en la mente de Isabel. La pequeña maqueta había perdido su último punto de luz algunos años atrás, y lo lógico era que su recuperación dependiera del mismo cariño artesano que lo había ideado y fabricado.

El semáforo era un pequeño objeto, y Fernando en el fondo no dejaba de tener sus dudas con respecto a si sería capaz de ponerlo de nuevo marcha. La manera de abordar la grabación pasaba por la calma. Por suerte (para ambos), la experiencia me ha permitido aprender a transmitir ausencia de urgencia. Así, si esa mano le pedía atención o la memoria trabajaba a su ritmo, la cámara y yo esperábamos tranquilamente, pero siempre pensando en lo que estaba por venir y nunca recreándonos en sucesos puntuales y anecdóticos que en ocasiones parecen convertirse en protagonistas del relato.

Por supuesto, cualquier otra persona podría haberlo hecho de otra manera.

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La casualidad puso de su parte el diferenciar un único escenario gracias a la meteorología: la luz natural que accedía desde la galería marcó profundamente la distinción entre los días. En uno, en sesión de tarde, se hizo necesario completar con lámparas a medida que caía la noche. En otro, una mañana caracterizada por las brumas de la ría, la luz alternaba de tal manera entre directa y difusa que, sin llegar a desaparecer el sol, Fernando volvió a necesitar echar mano de luz artificial próxima. A ojos de cámara esto implica lo de siempre, diferentes temperaturas de color, pero no era la luz la protagonista, ni mucho menos.

Ya en harina, en realidad resultó que Fernando a cada tirón de cables empezaba a recordar perfectamente qué había hecho tanto tiempo atrás. Hasta tal punto cogía velocidad que en algún momento tuve que frenarlo, ya que, al estar constantemente buscando planos, en momentos puntuales temí no llegar a los logros destacables, muchos más de los que finalmente aparecen en el montaje final.

Esto me sirvió para algo que sí tenía en mente: que no hubiera ningún plano falseado. Ni una sola imagen se repitió para que la pudiera grabar en mejores condiciones, todas llegaron a su debido tiempo. Los momentos fueron los que fueron, incluido aquel en que descubrió/recordó que las pequeñas bombillas del semáforo tenían un voltaje especial, lo que nos obligó a zanjar la primera sesión.

Por supuesto, cualquier otra persona podría haberlo hecho de otra manera.

La siguiente fue más o menos rápida. No había operado sobre el semáforo, pero sí tenía repensada la manera de abordar la tarea con un cambio de cableado y otro tipo de soldadura. Con la marcha bien cogida, todo esto lo hizo a velocidades propias de quien atesora destreza.

El final satisfactorio hizo fluir los recuerdos sobre la historia del semáforo que habían ido resurgiendo durante las grabaciones. En una habitación aparte, lejos de los murmullos del hogar, charlamos una media hora sobre los cómos y porqués de su maqueta. Fue en ese momento cuando, sin previo aviso, Fernando hilvanó en su relato el recuerdo de las vivencias navideñas de la época. Probablemente por ser un reflejo preciso del sentimiento de comunidad en el que había disfrutado siendo un aprendiz que quería aprender.

Con la pasión justa, fue surgiendo el relato de aquellos lejanos dos años de su Historia que ya contenían el germen de quien después hizo muchas más cosas, tal vez pequeñas en su detalle, pero grandes y valiosas en el relato de una vida.

Por supuesto, cualquier otra persona podría haberlo hecho de otra manera.

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Ya en el ordenador, la cantidad de material, moderadamente amplia (unas cinco horas) tenía un hilo lo suficientemente concreto como para trabajarla rápido, siempre y cuando no le diera tiempo a mi memoria para enfriarse. Durante la grabación ni me explicaba ni le pedí que lo hiciera, así que, a ojo, fui recogiendo la lógica del proceso para entender qué podía desechar al editar. Hubo muchos más pasos en esta recuperación del semáforo de las que se pueden ver en el vídeo final (como la dificultad de encontrar las bombillas), pero el sentido era, como siempre, el de la historia: destacar los puntos básicos para que se entendiera que su protagonista le había dado vueltas al problema para encontrar la mejor solución. Y con ella, un final para el relato.

Se perdieron muchos pequeños sonidos imposibles de recoger en cámara: el soldador o el retorcer de los cables tienen vida propia, pero también la tiene cualquier casa con sus ruidos hogareños. En ocasiones se colaron los pájaros, del mismo modo que el sonido de la cocina o una radio lejana. Eso, como siempre, lo dejé en un plano lejano al editar, algo que me gusta especialmente por más que también eche mano de músicas.

Este apartado, el de la música, lo resolví en esta ocasión con una cierta rapidez gracias a Chris Zabriskie. Aunque no tenía en mente nada electrónico, encontré perfecta su cadencia minimalista para ambientar las dos partes del relato.

No hubo propiamente dicho un etalonado en esta ocasión gracias a esas diferencias de luz naturales. Sí unas leves correcciones de contraste, y algo de viñeteado para centrar la atención y proporcionar algo más de calidez al conjunto.

Por supuesto, cualquier otra persona podría haberlo hecho de otra manera.

Publicación original: enimaXes

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About Iago González

Director de Máscaras y responsable del departamento audiovisual de I.G.. Especialista en contar las realidades que son, y las que pueden ser, desde enimaXes.

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