Cuando los bienes familiares van a parar a la hija menor

Extractado de La aldea india donde mandan las mujeres

Todo empieza al nacer. En estas aldeas, los padres no tienen preferencia por concebir varones, algo habitual en India. Es más, sucede todo lo contrario. «Si tienen tres niños, intentarán tener otro bebé por si sale niña. La buscan porque creen que una hija mantendrá el nombre del clan»

En la comunidad de Meghalaya, una región del noreste de India, conviven las comunidades Khasi, Jaintia y Garo, unidas por una característica insólita en este país: se rigen por un sistema matrilineal. Es decir, el linaje viaja de generación en generación a través de la mujer. Tras este dato se erige todo un esquema de valores que permite a estas mujeres ser mucho más respetadas que en el resto de India. Es una cuestión de identidad, de estatus.

El pilar del sistema es la herencia

En estas comunidades, los bienes familiares van a parar a la hija menor (khatduh, en lengua khasi), que se encarga de administrarlos. «Es la persona más importante: custodia las propiedades aunque no sea su dueña», explica la historiadora Manorama Sharma, de la Universidad NEHU. La menor se quedará a vivir en la casa materna toda su vida, mientras sus hermanos y hermanas dejarán el nido al casarse.

En los últimos años, no obstante, algunos padres están optando por distribuir parte de la herencia. Un ejemplo es Aitisuk Khongjee, una mujer de 37 años y madre de siete criaturas: «Le daré mucho a mi hija menor, pero también repartiré entre las demás hijas». En cambio, no habrá nada para los varones. «Aunque si necesitan algo o tienen problemas, ellas tienen que ayudarles y hacerse cargo», afirma la mujer khasi en su porche, en la aldea de Nongeitniang.

A diferencia del resto de India, estas tres comunidades también son matrilocales: es decir, es el marido quien abandona su hogar y se muda al de su mujer tras la boda.

(…) «Hay más igualdad de género, ellas tienen más oportunidades y no son estigmatizadas por hacer vida en los espacios públicos», asegura L.S. Gassah, director honorario del Consejo Indio de Investigaciones de Ciencias Sociales (ICSSR), que sostiene que esto también se debe a que la sociedad del noreste es «más igualitaria y abierta porque no tenemos un sistema de castas» como ocurre en la India hindú.

Las diferencias no acaban ahí. Las mujeres de estas comunidades no sufren las restricciones sociales de vestimenta y horarios que se pueden ver en otras zonas. Muchas trabajan, regentan negocios y administran su dinero. Por eso no es raro que la familia viva con los ingresos de ella.

«Siendo trabajadoras aumentan su independencia y su poder de decisión dentro de sus casas. Para aquellas con estudios que puedan pedir salarios altos, una mayor participación en la fuerza de trabajo definitivamente incrementará su bienestar y tendrá una relación directa en el empoderamiento de las mujeres», explica la economista Veronica Pala

En estas tribus tampoco tienen la presión de pagar una dote ni el miedo de acabar casadas con un desconocido en un enlace arreglado por sus padres. Para ello hay que tener presente que en India el 80% de los matrimonios son concertados, que el suicidio es la principal causa de muerte entre las jóvenes por motivos relacionados con los casamientos y que, según la Fundación Vicente Ferrer, cada año mueren 25.000 indias por no pagar la dote.

Aquí ellas deciden con quién se casan. Y si esa unión termina en algún momento, ser divorciadas o viudas no conlleva el habitual rechazo en la sociedad. De hecho, pueden echar a sus esposos si son violentos, si no aportan al conjunto familiar o son alcohólicos. No es de extrañar que Meghalaya, donde la mayoría de la población pertenece a estas tribus, tenga la segunda mayor tasa de divorcios. «La fuerza del sistema matrilineal consigue que la mujer no sea condenada por vivir con varios hombres en su vida, ni tampoco sus hijos serán castigados por la sociedad».

¿El origen de esta “excepción”?

No se conoce el origen concreto de este sistema matrilineal. Algunos textos señalan que se instauró por miedo a que los clanes perdiesen su linaje y sus propiedades cuando los hombres fallecían en la guerra, mientras que otros apuntan a la mezcla de creencias entre las religiones tribales, la adoración a la fertilidad y el culto a la diosa madre hindú Kamakhya, venerada en la ciudad cercana de Guwahati.

También hay expertos que sostienen que fue el resto del mundo el que cambió la situación inicial. «Las sociedades originarias estaban controladas por mujeres, pero cuando surgió la propiedad privada los hombres se hicieron con ella por su fuerza física. Aquí no fue así del todo», comenta Apurba Kumar Baruah, antiguo decano de la facultad de Ciencias Sociales de NEHU.

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¿El futuro?

La redacción del artículo resulta un tanto confusa en algunas partes del relato, pero lo que sí parece dejar claro es que las presiones exteriores que amenazan esta línea de transmisión hereditaria puede llevar a la más que probable desaparición de los derechos de las mujeres.

Todo parece indicar que no es la ideología sino el dinero, pero lo que la experiencia de estas tres aldeas nos cuenta es que, con la administración en manos de las mujeres, se han producido menos perversiones en el sistema.


Publicación original: enIgualdade

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About Isabel Iglesias

Socia-directora en I.G. Documenntación y productora de Máscaras. Consultora especializada en el análisis estratégico, diseño y dinamización de proyectos. Investigadora de nuevas realidades, alérgica a los tópicos, bloguera...

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