El juego experimental lo asumen las entidades de base y si el experimento sale mal, qué más da, la institución pone en marcha un nuevo experimento. Todos ellos, con el denominador común barrio/participación/vecina, parece que este es el nuevo mantra institucional. Una reducción simplista y catastrófica de las complejas realidades de muchos de nuestros barrios y sus ciudadanos.

Los procesos colaborativos y participativos generados por parte de la institución, no son conscientes de que la participación ya existe en otras miles de formas y formatos. Las necesidades, los espacios de resistencia, el asociacionismo de base, los proyectos sociales, las nuevas subculturas urbanas, etc. ya están organizadas, y ya hacen presencia en los barrios de forma orgánica, compartiendo sus aprendizajes y apoyándose en su día a día. No necesitan que les digan cómo o dónde deben participar o en qué sarao deben aparecer. Para ellas, la participación no existe, es su día a día.

Las entidades, en muchos de los casos, a pesar de la incomprensión por los repentinos intereses en sus barrios se suben al carro, ya que necesitan recursos para seguir vivas (otro de los grandes problemas que podríamos entrar a revisar, la redistribución económica a estos proyectos sociales y de base en los barrios y su supervivencia), su activismo les hace asumir el riesgo. Tienen muy presentes que esto forma parte de su práctica, aunque no sea la más acertada o fructífera. Lo asumen, no desde la desinformación, la pasividad, la temeridad o la desesperación, sino plenamente conscientes de que arriesgan a pesar de su fragilidad, ya que creen en las oportunidades, aunque vengan en forma de procesos extraños y ajenos, pero que, al fin y al cabo, son oportunidades para el desarrollo del barrio.

Subrayado de ¿Imagina a costa de qué? II, en Todo por la praxis

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