Nunca como ahora se prometió alcanzar el santo grial así. Los datos serán la tierra prometida. Un maná que crece de forma exponencial. Cantidades ingentes, incomprensibles para los humanos, pero alimento para el espíritu de las máquinas. Datos gasolina. Datos incendiarios. Los datos de la redención. Lo sabemos todo.

Migajas de pan recogidas por miles de ejércitos de Pulgarcitos. Una escoba que lo recoge todo. Una aspiradora de números, de silencios, de palabras, de unos y ceros. Un tornado que lo engulle todo a su paso. Lo centrifuga a miles y miles de revoluciones por segundo. Datos destruidos y reconvertidos. Datos por delante y por detrás.

Que se aparten esos limitados cerebros humanos. Su creación ha llegado para dejarlos en ridículo. No hay escapatoria. Todo puede ser objeto de traducción en datos. Esa lágrima también. Tu sonrisa. Tu equivocación. No hay manera de escapar a la prisión de la libertad del dato. Porque los datos nos harán libres. No tiene sentido competir. Hagámonos a un lado y dejemos que nuestras creaciones lo hagan mejor.

No hay duda alguna. Santificado por la cátedra, el dato asciende en jerarquía. En la multitud esconde su poder. Millones de ellos, aturdidos, son capturados y sometidos a análisis. Todos sirven. Nada va a la basura. La basura forma parte del maná. Desechos que recuperan vida. Son los datos del progreso. Lo dice la ciencia. Hemos ganado. Según parece.


Publicación original: Consultor artesano

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