Cada cierto tiempo aparecen estudios internacionales que intentan tomar el pulso a la sociedad. Sus resultados generan titulares, debates y, en ocasiones, diagnósticos contundentes sobre el estado de nuestras democracias, economías o sistemas de convivencia.

Hace unas semanas se publicó una nueva edición del informe sobre populismo elaborado por Ipsos en 31 países. Entre sus principales conclusiones destacan la percepción de que la sociedad está fracturada, la desconfianza hacia las élites políticas y económicas, el apoyo a líderes fuertes o la preocupación por cuestiones relacionadas con la inmigración.

Más allá de los resultados concretos, el objetivo y la metodología de elaboración de preguntas, este tipo de informes ofrecen una oportunidad interesante para reflexionar sobre cómo interpretamos la información, porque además, cuando trabajamos con «estudios de opinión pública» conviene insistir en que datos e interpretaciones no son exactamente la misma cosa.

Los datos nos indican qué han respondido las personas encuestadas a determinadas preguntas. Las interpretaciones intentan explicar por qué han respondido así y qué significado tienen esas respuestas. Ambas dimensiones son necesarias, pero no deben confundirse.

Por ejemplo, si una mayoría de las personas encuestadas considera que los partidos tradicionales no se preocupan por personas como ellas, estamos ante una información relevante. Sin embargo, esa respuesta por sí sola no explica las causas de esa percepción ni permite establecer conclusiones automáticas sobre el comportamiento político de quienes la comparten.

Algo similar ocurre con conceptos complejos como “populismo”, “polarización”, “desafección” o “crisis institucional”. Son categorías útiles para ordenar la realidad, pero corren el riesgo de simplificar fenómenos que suelen tener múltiples causas y manifestaciones.

Prestar atención a aquello que un estudio no mide

Toda investigación necesita delimitar su objeto de análisis. Las preguntas que se incluyen son tan importantes como las que quedan fuera, por eso resulta útil preguntarse qué dimensiones de la realidad permanecen invisibles cuando observamos únicamente determinados indicadores.

Un estudio puede medir el grado de confianza en las instituciones, pero no necesariamente los factores que contribuyen a recuperarla. Puede identificar percepciones de fractura social, pero no explicar qué experiencias favorecen la cooperación entre grupos distintos. Puede reflejar malestar, incertidumbre o descontento, pero no siempre aporta información sobre los mecanismos que ayudan a construir soluciones.

Lejos de restar valor a estas investigaciones, reconocer sus límites permite utilizarlas mejor. Los estudios de opinión son herramientas extraordinariamente útiles para detectar tendencias, identificar preocupaciones emergentes y observar cambios sociales a lo largo del tiempo. Sin embargo, funcionan mejor cuando se entienden como puntos de partida para la reflexión y no como respuestas definitivas.

En un entorno cada vez más saturado de información, la capacidad de formular buenas preguntas se está convirtiendo en una competencia casi más importante que la capacidad de obtener datos. Por eso, quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas que podemos extraer de este tipo de informes. No tanto qué conclusión debemos adoptar, sino qué nuevas preguntas merece la pena seguir explorando.

Porque los datos son imprescindibles para comprender la realidad. Pero son las preguntas adecuadas las que nos permiten avanzar más allá de ella y eso nos lleva a plantear la necesidad de entender lo que el estudio mide y porqué, el riesgo de convertir percepciones en explicaciones y la importancia de las variables ocultas.

Y nunca hay que perder de vista la necesidad de complementar la fotografía en cada contexto. Para ver con claridad hay que alejarse porque los estudios son herramientas para pensar, no sustitutas del pensamiento.

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