Dejar por escrito la Visión y Misión es algo que ahora preocupa a muchas organizaciones, lo cual no quiere decir que a veces aporte demasiado, ni a las personas que trabajan en ella ni al propio contexto de relaciones que genera, por varios motivos:

  1. Las definiciones suelen ser ambiguas y manidas o incomprensibles
  2. No se revisan en el tiempo, y el mundo está cambiando muy rápido
  3. Y si no se revisan, la estrategia, con su rosario de objetivos y acciones, quedan desfasadas o, incluso, terminan por resultar absurdas

La visión debe ser un concepto no rígido, lo cual permite que su definición pueda ser mejorada, no ya solo debido a los cambios del entorno, sino por el valor de los procesos de aprendizaje y la experiencia adquirida.

Si la visión es un concepto, y como tal se trata y se revisa, se podrá trabajar con una estrategia dinámica que alerte de los peligros de objetivos mal definidos que nos pueden estar llevando al abismo, porque lo del corto o largo plazo ya no encaja ni con este presente cambiante. Y ya no digamos si los salarios cuelgan de estos errores grabados a fuego en mentes cada vez más burocratizadas.

Por otro lado, en estos tiempos ruidosos donde cada vez se entiende peor el concepto de «estrategia de comunicación», convendría no olvidar que lo inteligente es «Susurrar las victorias y gritar los errores«.

Por último, mejor olvidar los fuegos artificiales y dedicar más tiempo a la verdadera comunicación interna, porque si añadimos a la incertidumbre externa el encadenamiento de improvisaciones que provoca, el desconcierto de las personas que trabajan en la organización nos llevará al caos perfecto. Hay que tomarse en tiempo de reflexionar y luego ejercitar la capacidad de compartir. Como decía ya en 1921 Ludwig Wittgenstein, el pensador austríaco que intentó definir la lógica del pensamiento humano;

«los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo«

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