Ponga un(a) consultor(a) en su vida

Entendiendo, que no asumiendo

Seguro que un cardiólogo sabe más de huesos que lo que yo pueda aprender en esta vida, pero si me rompo un brazo casi prefiero ir a otro tipo de especialista. Saber algo, o bastante, no es suficiente.

El desarrollo profesional no debe puede avanzar en línea recta porque la multiplicación de saberes para-lelos ya sabemos a dónde lleva. En ese obsoleto escenario tengo que estar de acuerdo con que “los expertos” no son buenos consejeros pero, a la vista de los (escasos) resultados de los equipos multidisciplinares, tampoco la tan proclamada transversalidad parece la respuesta.

Por un lado es imprescindible tener en cuenta que el conocimiento no se construye de una forma lineal, sino que se va enriqueciendo en capas circulares con otros saberes y habilidades que, si bien no nos son propias, sí resultan imprescindibles. Pero asimilar ese proceso también implica tener claros los límites que no se deben cruzar. Es decir, debemos entender la necesidad de este aprendizaje para poder jugar en equipo pero no asumirlo dentro de nuestro ejercicio profesional.

Sabemos, o deberíamos, que las profesiones y los oficios evolucionan. Algunos lo hacen de una forma clara y definida pero otros, como la consultoría, se desdibujan en ambigüedades que en nada ayudan, ni a la profesión ni a quien debe beneficiar. Y el daño empieza dentro porque parecemos no tener claro a qué llamanos consultoría:

Una cosa es que el consultor deba, como todo el mundo, garantizar su sustento y diversificar su actividad para ganarse la vida, pero cuando se dedica únicamente a formar, conferenciar, hacer estudios, realizar encargos y/o a substituir a alguien poco hábil en el desarrollo de alguna de sus propias funciones, debería replantearse si realmente está haciendo de “consultor” ya que, llamarle consultoría a todo este conjunto diverso y permanentemente in crescendo de actividades, no sólo no tiene nada que ver con el significado original sino que contribuye de una manera muy efectiva a diluir el término en el #cualquiercosa y a no significar realmente nada.

Ciertamente, saber de algo y saber aconsejar sobre algo son cosas diferentes que no necesariamente van juntas.

Me decía un amigo, y consultor, que nunca dice a un cliente que tiene “la solución” sino que su trabajo es aportar sus conocimientos y su metodología para acompañar en esa búsqueda. Eso es consultoría. Puede ser en un sector, en marketing digital, en liderazgo, en innovación social… pero ese es el concepto de experto que hay que saber buscar, y al que hay que saber ceñirse para aportar valor.

En mi caso, cuanto más analizo mi propia evolución, mejor comprendo la necesidad de asesoramiento en temas que, precisamente por empezar a entender, sé que necesito ayuda experta. La lógica diversificación de mi actividad profesional, tanto por motivos internos como por demanda externa, me lleva a dar traspiés en ámbitos que no domino por lo que cada vez adquiero mayor maestría en el conocimiento de lo que no debo hacer. Y ya se sabe que “nunca es tarde…”

Pero el proceso de acotamiento no es sencillo y mucho menos su objetivo, que no es otro que transformarlo en un concepto que facilite la percepción de “utilidad”. Sobre todo si por aportar valor en las tendencias de cambio, abandonas el centro fijo, inmóvil, decidido… para moverte en la frontera y en la ambigüedad creadora.

Es en esos terrenos fronterizos, en la falta de definición que tanto asusta a la mayoría, donde mejor se intuye la posibilidad de transformaciones disruptivas a las que repetidamente invocamos en aras de la innovación. Son espacios intermedios donde todo es posible, donde lo proscrito tiene voz y lo obsoleto disputa destino a los cegadores brillos de la novedad. Los protagonismos no están claros porque las fronteras son el bazar donde la vida bulle.

Yo me siento cómoda en esa incertidumbre y en los momentos de cambio, como el actual, en los que debemos encontrar respuestas que probablemente ya tenemos, pero que necesitan de una habilidad especial que las haga aflorar y situarse en primera fila. Una disponibilidad a escuchar que ha ido perdiendo frescura y flexibilidad a fuerza de encorsetar y etiquetar discursos. Los propios y los ajenos.

Esta es la consultoría que me gusta y en la que aporto. Porque no es cuestión de pensar si los discursos son buenos o malos. Son, y están ahí, por algo, así que lo imporante es captar los supuestos en los que se apoyan, las estructuras que los sostienen, los objetivos que persiguen. Incluso, la mayor parte de las veces, contienen los indicios que necesitamos, tan sólo hay que aprender a escuchar y a cocinar con lo que hay. Y siempre hay mas de los que nos parece.

Publicación original: enPalabras

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About Isabel Iglesias

Socia-directora en I.G. Documenntación y productora de Máscaras. Consultora especializada en el análisis estratégico, diseño y dinamización de proyectos. Investigadora de nuevas realidades, alérgica a los tópicos, bloguera...

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